Por qué ser reemplazado por una máquina podría ser el comienzo de tu liberación

Cargamos una creencia que casi nunca ponemos en duda: la de que valemos por lo que producimos. Trabajamos, entregamos, optimizamos, y al final del día medimos nuestro propio valor por la cantidad de tareas que logramos cumplir. Es una cuenta silenciosa, pero gobierna casi todo. Y quizá esté equivocada desde la primera línea.

Vivimos rodeados por un miedo nuevo. La inteligencia artificial llegó prometiendo hacer nuestro trabajo, y con ella vino el pánico: ¿y si soy reemplazado? El transhumanismo va más allá y sueña con reemplazar al propio humano, con actualizarnos como si fuéramos software vencido. En el centro de ese proyecto hay un supuesto que necesita decirse en voz alta: que ser humano es un problema a resolver. Yo creo lo contrario. Nuestra humanidad es un don — quizá el único que recibimos sin pedirlo — y merece ser celebrada y protegida a cualquier costo.

Pero aquí está el giro que pocos tienen el coraje de hacer. Si tu trabajo puede ser hecho por un agente, por un algoritmo, por una máquina, hay una buena posibilidad de que nunca haya sido, de verdad, humano.

Los bullshit jobs

El antropólogo David Graeber lo llamó “bullshit jobs”. En su libro de 2018, y antes en un ensayo de 2013, describió una realidad absurda: millones de personas atrapadas en empleos que ellas mismas, en secreto, consideran inútiles. Trabajos que existen solo para llenar informes, marcar casillas, vigilar a otros, hacer parecer que algo importante está pasando. Graeber mostró una inversión perversa: cuanto más inútil es el trabajo, más suele pagarse, y cuanto más esencial para la vida — cuidar, enseñar, alimentar, limpiar — menos lo reconocemos y menos lo remuneramos.

Entonces, si una máquina asume tu trabajo y nada verdadero se pierde, quizá lo que se perdió ya estaba vacío. Y darse cuenta de eso no es humillante. Es liberador. La pregunta deja de ser “cómo compito con la máquina” y pasa a ser “qué queda de mí cuando ella hace el resto”.

La sociedad del cansancio

El filósofo coreano Byung-Chul Han describió nuestro tiempo como la sociedad del cansancio. Salimos de una era en que alguien de afuera nos mandaba a trabajar y entramos en una en que nosotros mismos nos explotamos — sin jefe, sin látigo, solo con la promesa de que siempre se puede ser más productivo, más optimizado, una versión mejor de uno mismo. El resultado no es libertad, es agotamiento. Depresión, burnout, ansiedad, la sensación de no ser nunca suficiente.

Han habla de un exceso de positividad: nada nos prohíbe, todo nos exige. Y dentro de esa lógica la máquina no es nuestra enemiga, es nuestro espejo. Hace lo que ya nos estábamos forzando a hacer, como si fuéramos máquinas.

Una creencia maldita

¿Cómo llegamos aquí? Sospecho que todo esto nace de una creencia — y de una creencia maldita. Walter Benjamin, en un fragmento de 1921, escribió que el capitalismo es una religión. No una religión que libera, sino un culto sin redención, que solo produce deuda y culpa, sin feriado, sin descanso, sin perdón. No es casualidad que en alemán la palabra “Schuld” signifique las dos cosas a la vez: deuda y culpa. Max Weber ya había mostrado cómo el trabajo se volvió un llamado casi sagrado, una prueba de salvación.

Hoy la financiarización del mundo llevó esto al límite. Todo se convirtió en activo, todo necesita rendir, hasta el tiempo, hasta la atención, hasta el afecto. La economía dejó de ser una herramienta al servicio de la vida y se volvió una fe que esclaviza, una divinidad que exige sacrificio y nunca se sacia.

El futuro que nos venden

Y el futuro que nos ofrecen es solo la continuación de esa fe. Un mundo perfectamente optimizado, eficiente, automatizado, donde todo funciona y nada toca. Un mundo sin el trabajo lento de criar un hijo, sin el olor de la tierra, sin el silencio de quien reza, sin la cercanía de lo sagrado. Un mundo en que la naturaleza es recurso, el cuerpo es interfaz y el otro se vuelve dato.

Yo no quiero ese futuro. No porque le tema al progreso, sino porque él olvidó para qué servía el progreso.

La belleza de ser reemplazable

Y es exactamente aquí donde mora la belleza. Si la máquina va a asumir lo que era repetible, calculable, automatizable, entonces está, sin querer, devolviéndonos lo que siempre fue nuestro. Criar hijos. Cuidar de quien lo necesita. Servir. Estar presente. Plantar, cocinar, abrazar, escuchar. Esto no son tareas menores que sobraron. Son los valores más altos que existen, y ninguno de ellos cabe dentro de un agente.

Ivan Illich, ya en los setenta y ochenta, defendía una sociedad convivial, hecha de relaciones y no de producción, y le dio nombre al trabajo invisible que sostiene todo y que nadie paga. Es precisamente ese trabajo el que la máquina no va a robar, porque nunca lo quiso. No rinde. Solo importa.

Entonces quizá la invitación de este tiempo no sea correr detrás de la máquina, intentando ser tan eficientes como ella, en una carrera que vamos a perder y que, en el fondo, ni siquiera deberíamos querer ganar. La invitación es lo opuesto. Es soltar aquello que nunca fue humano para abrazar con todo lo que solo nosotros podemos hacer.

Proteger nuestra humanidad no es competir con la inteligencia artificial. Es recordar que existe una inteligencia más antigua — la del amor, del cuidado, de la presencia, de la reverencia ante la vida — y que esa ninguna máquina la va a aprender.

Ser reemplazable, al final, puede ser la mejor noticia que recibas. Significa que estás libre, por fin, para hacer lo que de verdad importa.


Referencias

  • David Graeber, Bullshit Jobs: A Theory (2018). Ensayo original: “On the Phenomenon of Bullshit Jobs: A Work Rant”, Strike! Magazine, 2013.
  • Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Müdigkeitsgesellschaft, 2010).
  • Walter Benjamin, “El capitalismo como religión” (Kapitalismus als Religion, fragmento de 1921).
  • Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904–1905).
  • Ivan Illich, El trabajo fantasma (Shadow Work, 1981) y La convivencialidad (Tools for Conviviality, 1973).