El concepto de bullshit jobs de David Graeber siempre ha sido una verdad incómoda. Son puestos que existen más para mantener las apariencias que para generar valor real. Muchos empleos no son esenciales. Persisten porque la burocracia, la ineficiencia y el teatro corporativo los exigen. Ahora, con la IA, presenciamos un espectáculo irónico: el miedo a perder empleos que quizás nunca debieron existir.

Los modelos de lenguaje y los agentes de IA se venden como una revolución, capaz de reemplazar el trabajo humano a una escala inédita. Pero si una IA puede sustituir un puesto, ¿era ese puesto realmente necesario? Si la automatización borra capas enteras de trabajo corporativo sin impacto real, ¿no es la prueba de que esas funciones eran solo un parche digital sobre ineficiencias que jamás debieron existir?

Hay algo, sin embargo, que la IA no va a reemplazar: la programación. Y no en el sentido superficial de escribir código, sino en el acto más profundo de comprender. De sumergirse en un campo (medicina, finanzas, logística, filosofía) y traducir su lógica a algo computable. Programar no es sintaxis y automatización. Es modelar la realidad, organizar el conocimiento, dar sentido a la complejidad. La IA puede generar código. No piensa el problema como lo piensa un programador.

La verdadera revolución no es la IA reemplazando empleos. Es darse cuenta de que muchos de esos empleos nunca debieron existir. El trabajo real, el de estructurar el pensamiento, organizar sistemas y crear valor de verdad, sigue siendo tan vital como siempre.